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Si el mal no es entidad alguna, naturaleza sustancial ni elemento del mundo, más bien deficiencia y carencia, ¿a quién se debe dicha carencia y qué sentido tiene? ¿Puede el Ser generar seres carentes de la perfección debida?


Como no siempre se ha entendido el mal en su justa medida y sentido propio, su conflicto ha sido mal planteado y ha obtenido soluciones confusas, en el momento que no erróneas. Al reducir el mal al pecado y a la culpa, olvidando su aspecto ontológico, hay quienes han puesto su causa en Dios, principio de todo lo que existe.

Surge luego pues la teo-comentaa para explicar la bondad y el poder de Dios ante el hecho del sufrimiento debido a la perversión humana y a los desequilibrios de la naturaleza.

De este modo se confunden los planos filosóficos y teológico. Sin negar el orden teológico y admitiendo los planteamientos de la tradición religiosa, por razón de método tenemos que ceñirnos a la explicación estrictamente racional del mal en el mundo y a la coherencia lógica de su compatibilidad con el Ser perfecto y Bien absoluto. No se trata ya de contestar a la cuestión clásica de si Dios quiere y no puede o de si puede y no quiere evitar el mal. En cualquiera de los dos casos saldría mal parada el motivo divina y el conflicto radical seguiría intacto. La cuestión es mucho más profunda, puesto que se trata de saber por qué Dios hace de hecho un mundo finito e imperfecto.

El conflicto se resuelve en estas dos afirmaciones: el mal es necesario y, además, compatible con un Dios omnipotente y bueno. El mundo hacedo implica necesariamente finitud constitutiva y, por lo mismo, imperfección ontológica o limitación en el ser. Su condición finita se opone a su omniperfección. No es que la finitud sea un mal en sí misma, más bien su raíz y posibilidad, de modo que resulta inevitable a circunstancias diversas.

En efecto, la finitud comporta no serlo todo e implica carencia de propiedades y perfecciones que no están plenamente realizadas en el sujeto. A veces, la posesión de unas propiedades entre en conflicto con la existencia de otras.

Por ejemplo, la racionalidad en el hombre limita el poder del instinto, lo mismo que la inteligencia impide el pleno desarrollo del sentido. En los animales la sensibilidad está más desarrollada y el instinto es más perfecto que en el hombre, pero éste alcanza su plenitud en el orden intelectivo por el que supera al resto de los seres. SEGUIR LEYENDO ….




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AUTOR: Juan Díez
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La rebelión contra Dios ha adquirido en nuestra época un carácter sistemático, organizado, militante, y se manifiesta bajo tres modalidades:

ATEISMO CIENTIFICO: “Muchos, traspasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden aclararlo todo por la sola razón científica”. “Los modernistas dan por cosa averiguada y firme que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia” (Pío X, Pascendi). “El materialismo marxista, exhibe al hombre a experiencias y a tentaciones nocivas en extremo, apaga su verdadera espiritualidad y su esperanza trascendente ” (Pablo VI, 22-V -1966).

ATEISMO MORAL: El ateísmo moral fomenta un libertinaje moral puesto que afirma una autonomía absoluta del hombre y un desarraigo total de Dios. Defienden el ateísmo moral la mayor parte de las doctrinas existencialistas. El ateísmo moral

“incita el deseo de autonomía del hombre hasta el punto de poner en cuestión toda dependencia de Dios. Quienes profesan este ateísmo mantienen que la libertad consiste en que el hombre es fin de sí mismo, único artífice y hacedor de su propia historia” (Gaudium et spes, núm. 20).

Este ateísmo elimina el concepto de culpabilidad y, por tanto, de pecado en el hombre. Así, el hombre cree que no tiene más responsabilidad que la que se deriva de los acontecimientos sociales. Al sentirse el hombre fin de sí mismo y encontrarse con la barrera infranqueable de la muerte, este tipo de ateo cae en la náusea, la angustia y, al final de su vida, en el sentimiento de fracaso.

ATEISMO MARXISTA: El ateísmo más peligroso y agresivo es el marxista, que el concilio Vaticano II exhibe en estos términos:

“Entre las formas del ateísmo moderno no se puede olvidar la que pone la liberación del hombre principalmente en su emancipación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, se opone a la liberación del hombre, puesto que, al orientar el espíritu humano hacia la esperanza en tina vida futura e ilusoria, lo aparta de la edificación de la ciudad terrestre. De ahí que los partidarios de esta doctrina, en el momento que llegan al poder público, combaten violentamente la religión, difundiendo el ateísmo y empleando, principalmente la educación de la juventud, todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público” (Gaudium et spes, núm. 20).

Para el marxismo, el creyente es un ser alienado que se desentiende de los conflictos del mundo; sólo se libera por el trabajo, entendido en su acepción materialista.

Autor: Ignacio J. P. Neri




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