Si queremos probar que el conocimiento y la experiencia de que Dios nos ama y nos cuida nos lleva a alcanzar la felicidad debemos describir los síntomas de las personas que piensan que su vida ya no vale la pena, aquellas para quienes la felicidad no es más que una utopía.

Víctor Frankl trata en su libro “El hombre en busca de sentido” lo que él llama vacío existencial, que es un sentimiento básico en desórdenes como el alcoholismo, la drogadicción, la depresión, la delincuencia juvenil, los desórdenes alimenticios, etc. Muchas veces estos se dan como consecuencia de que la persona lleve adelante una existencia sin fundamento y sin motivación.
Esta sensación de vacío es cada vez más común y su crecimiento se ve favorecido, si no es que impulsado, por una fuerte tendencia del hombre contemporáneo a menospreciar todo aquello que pueda llamarse “tradicional”. El hombre carece, por ser libre, de un instinto que le diga qué desarrollar y ya no tiene tradiciones que le indiquen lo que debe desarrollar; hasta que en ocasiones no sabe ni siquiera lo que le gustaría desarrollar.
Es natural al hombre el querer encontrar un sentido a su vida… y le es incluso más natural el percibir que ese fin no se agota en este mundo, pero esto no quita que revelarlo sea difícil, mucho más aún si vivimos inmersos en una sociedad que no nos ayuda.
Las personas que atraviesan crisis de depresión u otras enfermedades que menoscaban su seguridad, experimentan sentimientos de inutilidad, odio a sí mismos, culpa injustificada o desmedida, pensamientos recurrentes de muerte o suicidio, sentimientos de desesperanza y abandono.
Si somos personas creyentes, para darnos una buena idea de lo que atraviesa una persona con esta sintomatología podemos decir que la desesperación es la esencia de lo que siente un condenado en el Infierno. Es la anticipación de la no-plenitud.
Esta persona se niega a sí misma la posibilidad de alcanzar aquello para lo que sabe que está hecha. Se da cuenta de que su vida debe tener un fin, un sentido, pero se cree tan poca cosa que no piensa poder alcanzarlo: se niega a sí misma la posibilidad de ser feliz.
Lo terrible de este estado es que nuestro anhelo de plenitud, como nos pertenece por esencia, es tan indestructible como nosotros mismos, esta persona pelea todos los días contra sí misma para “desarrollarse comprender” que la felicidad no ha sido hecha para ella, que no podrá alcanzarla.
Todos estos síntomas son comunes a muchos trastornos y como veremos más adelante, muchos podrían evitarse si la persona tuviera un equilibrado amor de sí misma, esto es, si se admitira y se quisiera tal cómo es, y uno de los mejores modos de conseguirlo es a través de la experiencia del Amor de Dios.
No sostenemos que el promover la educación de una sana autovaloración erradicará la depresión de la faz de la Tierra, pero sí creemos que puede, en muchos casos, apoyar a prevenirla o bien que, si la persona ya está enferma, la experiencia del Amor de Dios puede apoyarla a volver a valorarse a sí misma y a su propia existencia.


















































